LA TRAGEDIA DE ESTAMBUL - Leyenda Romántica


Esta historia sucedió en la grandiosa ciudad de Constantinopla, poco antes de ser asediada por los turcos. Allí vivía un joven mensajero de origen judío llamado Mevaser. Su oficio consistía en comunicar mensajes entre los dos grandes imperios enfrentados, y pasaba la mayor parte del tiempo cabalgando por parajes yermos y desoladores.

En una de sus salidas, mientras avanzaba por los áridos desiertos, salió a su paso un muchacho famélico que le hizo señas para que se detuviese. Mevaser, aun sabiendo que su labor era urgente y no debía pararse, sintió lástima por el chico y se detuvo.

El chico le pidió algo de comer, y aprovechando que Mevaser estaba entretenido rebuscando en su alforja, el muchacho le puso una daga al cuello y gritó:

– ¡Hassim! ¡Ya lo tengo!

De detrás de una duna emergió una figura alta y robusta, con una cimitarra colgando del fajo.

– ¡No tengo nada de valor! ¡Solo soy un mensajero! – gritó asustado Mevaser.

– ¿Nada de valor, dices? Cabalgas sobre un magnífico caballo, y tus ropas son de buena calidad. Quítatelas, no me gustaría que se manchasen de tu sucia sangre cristiana.

– ¡No soy cristiano, sino judío! ¡No me hagáis daño, os lo ruego!

– Está bien. Por ser judío, no te haremos daño.

Acto seguido montaron en el caballo y se perdieron en la lejanía, levantando una nube de polvo que dejó a Mevaser tosiendo por un rato.

 

El pobre Mevaser, abandonado a su suerte, caminó sobre la arena que refulgía bajo el sol abrasador durante lo que le parecieron horas. Sin comida ni agua y medio desnudo, Mevaser supo que no saldría con vida de ese desierto. Aun así, siguió caminando guiado por la esperanza de divisar las altas murallas de su querida ciudad.

Cuando ya se estaba poniendo el sol y apenas le quedaban fuerzas, divisó a lo lejos una columna de humo, y supo que sus rezos y plegarias habían sido escuchadas. Se trataba de un campamento de mercaderes turcos, que volvían a su tierra tras un gran viaje.

El jefe, Jahir, le dio comida, agua y le invitó a su tienda a cambio de que le pusiera al día con todo lo que había ocurrido últimamente. Mientras Jahir y Mevaser comían y hablaban, entró a la tienda una joven bellísima, de cabellos negros como el azabache, figura esbelta y ojos pardos como las arenas del desierto. Nada más verla, Mevaser quedó completamente enamorado de ella, y ella sintió lo mismo. La muchacha, que no tendría más de 16 años, se ruborizó y salió corriendo de la tienda.

– Esa es mi hija, Fatih. Está prometida al general Sinan, un gran general del ejército.

 

Esa noche, bajo un manto de blancas estrellas, Mevaser salió a pasear. Pensaba en la bella Fatih, y en lo felices que serían juntos. Sin embargo, él sabía que se trataba de un amor platónico. Ellos no podrían estar juntos, pues su padre no lo permitiría. Además, si se casaba con una mujer turca sus amigos y su familia lo rechazarían por traidor.

Justo cuando rumiaba esos pensamientos, vio una sombra que se alejaba del campamento y se dispuso a seguirla. La sombra se detuvo y Mevaser pudo ver que se trataba de Fatih. Los dos jóvenes se miraron, las caras iluminadas por la pálida luz de la luna. Bajo la atenta mirada del astro se fundieron en un abrazo lleno de pasión. Aquella noche se unieron en un solo ser, y hablaron de huir juntos a un lugar remoto, donde nadie pudiese molestarles. Mevaser le propuso que fuesen juntos a Constantinopla, donde podrían tener una vida feliz juntos. Ella aceptó, cegada por el amor y comenzaron a planear su huida.

Al despuntar el alba cogieron uno de los caballos del mercader, y huyeron al galope en dirección a la capital bizantina.

Vivieron felizmente unas semanas, hasta que un día avistaron un gran ejército que demandaba la liberación de Fatih. El general Sinan se había enterado de su huida con el judío, y quería justicia.

Los soldados inundaron las calles, llamando casa por casa y buscando a la joven prometida. La ciudad se sumió en un caos de hierro y sangre.

Los dos enamorados intentaron huir, y casi lo consiguen, pero unos soldados bizantinos los pararon en un puesto fronterizo. Los guardias decidieron arrestar a Fatih para entregarla al general, esperando así aplacar su ira.

La chica fue torturada y ejecutada al día siguiente.

Mevaser, desesperado y con el corazón lleno de dolor, subió a la torre más alta de la iglesia de Santa Sofía y saltó. Cayó en medio de la plaza, sobre la tarima donde, a escasos metros, yacía el cuerpo mutilado de su desgraciada esposa.

 

Cuenta la leyenda que la plaza donde ambos murieron quedó impregnada con su dolor y sufrimiento, y que, de madrugada, todavía se escuchan los gritos de dolor de ambos.

  • Mateo Periago
  • 18/11/2018 20:54:07
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